Nada
más girar una de las setas gigantes pudo ver el castillo blanco de
Marmoreal. El paisaje había cambiado mucho. De bosques desiertos,
zarzas y caminos embarrados pasaron a bosques frondosos, llenos de
verde, de aroma y vida.
BaekHyun
se había pasado toda la caminata apartado de JunMyeon y KyungSoo
para no interrumpir la escena romántica —y
tenía que admitir que tampoco se había acostumbrado a la idea de
que sus dos amigos estuvieran enamorados—. Ambos hablaban con
claridad de sus sentimientos, susurrado un «Te quiero» de vez en
cuando. En esos momentos tan incómodos en los que él no podía
desaparecer, se apartaba y prestaba atención a la peculiar fauna de
la Infratierra, de lo que había creado su mano.
Había
estado a punto de morir en su propio sueño y eso —creía él—
era lo que no le permitía despertar. Aunque empezaba a dudar de si
quería hacerlo o no. Había empezado a apreciar aquel estrafalario
lugar.
—Entonces
mañana es cuando hay que matar al galimatazo —BaekHyun prestó
atención. Sabía que era él el que tenía que hacerlo, lo que le
habían ordenado hacer nada más aterrizar allí—. Por suerte,
Niveans consiguió la espada del antiguo Rey Blanco antes de huir del
castillo de corazones —JunMyeon cogió la mano de KyungSoo y le dio
un fuerte apretón.
KyungSoo
ya tenía el cabello totalmente blanco. Por culpa del estrés y del
miedo, de la sensación de peligro, su alma blanca había salido a la
luz y le había hecho brillar sobre todos los demás. Había
cambiado. Era mucho más calmado y aquel olor a nada que emitía
cuando utilizaba su poder ahora se había esparcido por todo su ser.
—Muy
bien hecho, JunMyeon —el rey blanco, pues BaekHyun ya lo había
deducido desde hacia un tiempo, sonrió a JunMyeon mientras apartaba
una flor de color lila pálido que barraba su paso. Ésta se volvió
de color rosa claro y, para sorpresa del terrestre, la flor sonrió.
KyungSoo le devolvió el gesto y siguió caminando.
Cuando
encontraron el primero camino que los llevaría directamente a la
puerta principal, la pareja se acordó de la existencia de BaekHyun.
—Será
mejor que me dejéis hablar a mí —comentó Kyungsoo en el centro
del trío. Ambos notaron la creciente confianza que había adquirido
el chico—. Yo me encargaré de esa parte. JunMyeon, será mejor que
descanses. Durante mucho tiempo has estado trabajando para el mal y
ahora debes expulsar esas energías negativas. BaekHyun, debes dormir
para mañana.
—Verás
majestad, yo no voy a... —comenzó a decir, pero el chico de ojos
grandes lo evitó.
—¡Ya
estamos!
La
puerta principal introducía a unos jardines impresionantes que
tenían de epicentro un castillo tan blanco como la nieve. Todo
estaba rodeado por un muro del mismo color. Sólo se podía acceder
por la entrada donde estaban ellos, custodiada por dos fichas de
ajedrez. Las torres.
Los
jardines estaban llenos de flores y árboles de cerezo, dejando
desprender sus pétalos, haciendo que el viento los meciera con la
dulce brisa, acariciando las mejillas de los recién llegados.
—Bienvenidos
a Marmoreal —susurró KyungSoo.
—Marmoreal
—susurró BaekHyun. JunMyeon lo miró y asintió. El Rey Blanco
había avanzado, acariciando las paredes como si recordara algo—.
¿Este es el castillo de la Reina Blanca, verdad? —fue aflojando la
voz mientras lo decía. El peso del cansancio le invadió tan de
repente que no se dio cuenta.
—Sí,
Marmoreal, el reino de la Reina Blanca. O el rey... —el guardián
miró hacia su rey, hacia KyungSoo. Éste se había adentrado. Ambos
lo siguieron. BaekHyun sintió un cosquilleo al pasar por las dos
torres, pero no lo detuvieron. Siguieron caminando entre los jardines
llenos de flores y árboles frutales, sintiendo el calor acariciar
sus rostros, observando todo lo que los rodeaba. JunMyeon y KyungSoo
parecían igual de maravillados que él. Un castillo construido sobre
nieve, sobre pureza. Sobre bondad. El castillo blanco.
Pasaron
por una plaza donde había un hombre de mármol. BaekHyun se detuvo y
lo observó. Ahora que estaba allí, sentía que lo reconocía, que
aquel lugar le era conocido y también aquel hombre de rasgos tan
parecidos a los de él. ¿Quién era?
—Es
el primer Rey Blanco. Bueno, el primero que construyó el castillo
aquí, en Marmoreal —contestó JunMyeon como si le leyera la mente.
—¿Por
qué siento que ya he estado aquí? —le temblaban las piernas y se
sentía algo mareado. Pero era la sensación de familiaridad lo que
hacía que sintiera una opresión en el pecho—. Quiero decir, es mi
sueño, pero siento que esto ya... ya lo he visto antes.
—Estás
encontrando tu muchedad —reconoció la voz de golpe. Se giró y vio
a JongIn y a su otro yo, ambos vestidos de la misma forma; chaqueta,
pantalones y zapatos blancos con decoraciones plateadas—. Hola...
—lo saludó el moreno, sujetando la mano del otro BaekHyun.
Sintió
un cosquilleo. Una sensación extraña llena de celos y felicidad.
Por una parte, sentía que JongIn se iba con otro, que lo traicionaba
aunque no le perteneciera, aunque no pudiera amar. Por otra parte,
estaba feliz de verse junto al moreno, de verse a si mismo feliz con
alguien.
Fue
cuando las dudas lo invadieron. ¿Él podría amar? ¿JongIn lo
amaría cuando despertara? Se había acostumbrado a verse con el
moreno como pareja. ¿Qué pasaría si aquella sensación siguiera
cuando despertara? Porque él podía amar, cuando despertara de aquel
sueño lo haría. ¿O no podría?
Apretó
los puños. Llevaba tanto tiempo soñando que ya no sabía distinguir
la realidad de la fantasía.
—Hola
—dijo, forzosamente, mientras pintaba una sonrisa en sus labios—.
Me alegro de veros bien —dio media vuelta y se fue hacia la fuente
que custodiaba el primer rey en Marmoreal, fingiendo que las
enredaderas habían captado toda su atención. JunMyeon se acercó
por la espalda y le puso una mano en el hombro, apoyándolo.
Era
absurdo sentirse de aquella forma, pero el desconcierto lo agobiaba
hasta querer llorar.
—Vamos,
BaekHyun...
—No
lo entiendes —susurró—. No entiendes lo que es no saber si vas a
amar jamás, no saber distinguir entre la realidad y la ficción, en
ver cómo los de tu alrededor aprenden a quererse y tú sólo puedes
sentir aprecio. Entiendo que es un sueño, pero si sueño esto es por
algo, ¿no? Quiero decir... en mi subconsciente sé que mi cabeza no
está bien, que no tengo sentimientos... Y no sabes lo frustrante que
es querer estar con esa persona, querer amarlo y no poder porque
careces de esos sentimientos —el agua de la fuente le salpicaba los
nudillos. Quería que sus lágrimas se fusionaran con el líquido
pero no salían, no podía llorar—. Tú amas a KyungSoo y él a ti.
JongIn ama al otro BaekHyun, al verdadero de aquí... porque ni
siquiera sé si soy el real. Todos os amáis y yo me quedo fuera, sin
sentimientos.
Se
prolongó un silencio agradable. Todas las sensaciones en Marmoreal
siempre eran agradables. La brisa del lugar era tranquila y había la
misma ausencia de olor que tanto caracterizaba a KyungSoo. Aunque
hubieran negado que KyungSoo fuera el rey, BaekHyun sabía que allí
había una parte de él.
—Mira,
BaekHyun —dijo JunMyeon, posando sus manos sobre la espalda del
chico mientras miraba al cielo. Los pétalos de cerezo caían
lentamente como una lluvia rosada. BaekHyun miró hacia arriba,
observando aquel magnífico espectáculo—. Puedes amar. Quizá no
de una forma más intensa como lo que siento yo por KyungSoo, pero
puedes hacerlo. Has arriesgado tu vida por salvar los sentimientos de
JongIn, quieres a tus compañeros de allí arriba y sientes mucho
afecto por KyungSoo. Lo adoras. Se nota cuando lo miras a los ojos
—el bajo sonrió—. Esos sentimientos se llaman amor aunque no lo
parezca.
—Da
igual, JunMyeon —susurró sin fuerzas. Cerró los ojos notando los
pétalos posarse sobre él, acariciándolo—. Es un sueño, cuando
me despierte veré que he sido un idiota por asustarme tanto por algo
que sólo está en mi mente...
No
lo pensaba así, pero quería creérselo. Quería que todo acabara.
—BaekHyun.
Esto es igual de real que tu vida en la Tierra y hasta que no veas
eso no vas a ser tú cien por cien ni podrás amar. Ni siquiera
podrás volver a tu casa —la jota de corazones le dio un pequeño
toque en el hombro y desapareció.
No
dejó que las palabras de JunMyeon lo aturdieran. Seguiría
convenciéndose de que era un sueño hasta que despertara. Era típico
de un sueño que te hicieran creer que era real. Era típico de un
sueño implicar a tus amigos como personajes extravagantes,
exagerando y malformando su carácter. Era lógico crear un mundo
lleno de todo aquello que él temía, expresando el miedo y el dolor
que sentía en su interior. Y no temía morir, porque sabía que en
cualquier momento despertaría en el césped de la mansión de los
Choi o en algún hospital.
Sin
embargo... ¿Por qué no había despertado ya? ¿Estaba en coma? ¿Por
qué se sentía fatigado? ¿Era posible en un sueño? ¿Y la
desesperación que le recorría todo el cuerpo? ¿Y por qué por fin
lloraba ante la belleza del castillo blanco?
Habían
pasado las horas hasta hacerse de noche. Todos habían disfrutado de
una grandiosa cena. Los gemelos, Niveans, Uilleam, Mallyumkun y un
montón de nobles blancos que se habían apuntado con ellos nada más
anunciar la llegada de KyungSoo.
Éste
se había encerrado durante toda la tarde con un par de nobles
importantes. Al final del día había aparecido vestido con blancas
ropas de rey, adornadas de plateado. BaekHyun se fijó en que no
llevaba corona y le preguntó a JunMyeon. Éste le explicó al grupo
que la Reina Roja había robado la corona hacía mucho tiempo, justo
la que poseía SeHun. Lo único con lo que se habían quedado era con
los viejos tesoros de los antepasados de KyungSoo.
El
chico parecía algo aturdido aunque estaba muy decidido a tomar
cualquier decisión.
Cuando
acabaron el manjar, todos se levantaron. BaekHyun se quería ir,
dormir o despertar pero el Rey Blanco lo llamó. Lo guió hacia una
sala a solas. JunMyeon le dedicó una mirada larga y penetrante, pero
no dijo nada.
Siguió
al menor hasta una sala totalmente vacía con sólo un ventanal
enorme que daba justo a la entrada de los cerezos. Todo tenía un
extraño resplandor aún siendo de noche. Se sentía tranquilo,
conectado con aquel lugar. Por eso se gritaba mentalmente que se
fuera de allí.
—Necesitamos
un paladín —KyungSoo fue directo al asunto. Se apoyó en el
alfeizar del ventanal y suspiró—. Según el oráculo, el único
paladín que puede matar al galimatazo eres tú, BaekHyun —el chico
cerró los ojos y dejó que la brisa le revolviera el cabello—.
Alguien tiene que lucir esa armadura —no se había dado cuenta
hasta que la nombró. Al fondo de la sala había una armadura blanca
con la espada mortecina entre las manos. Brillaba con un misterioso
resplandor, como todo en aquel castillo—. El último paladín murió
a manos del galimatazo, pero es ahora cuando el oráculo nos está
diciendo que hay una oportunidad de hacerlo desaparecer. Y eres tú,
no otra persona —fue a hablar pero KyungSoo se giró y le sonrió—.
Si tu decisión es no matarlo, lo entenderé.
Volvió
a sentir pánico, el mismo que le invadió al llegar a la
Infratierra. No, no iba a matar a ningún ser viviente por mucho que
llegara a odiarlos. Siempre gritaba como una niña cuando veía una
araña y eran sus amigos los que la mataban. Él se limitaba a gritar
y dejar que los demás tomaran las riendas.
Tenía
miedo, siempre era el miedo lo que le agarrotaba todos los músculos
y hacía que los demás lo protegieran, era tan dependiente de los
demás que tan sólo pensar que un mundo dependía de él, lo
asustaba. Y eso mismo le pasaba con su boda con JinRi. Sería él el
que tendría que afrontar los temores por los dos, el que tendría
que protegerla, y no estaba preparado. Porque era un cobarde.
—No
—susurró—. No quiero hacerlo.
Y,
sin pensarlo, se echó a correr tan lejos como las piernas le
permitieron, acabando en un gran balcón en el último piso,
orientado al mismo sitio que el ventanal de KyungSoo. Se había
echado encima de un banco, llorando, sin importarle dónde estaba.
Por eso, no se percató de la estancia hasta que una voz en su
espalda le habló. Era Absolem.
Estaba
posado en una hoja de enredadera sin fumar ya de su pipa. Todo el
balcón de madera blanca estaba recubierto de esa planta, resaltando
el verde oscuro en la ausencia de color. Dos bancos de piedra, uno al
lado del otro, servían para que la gente pudiera admirar el paisaje
que les otorgaba Marmoreal.
Un
cielo azul oscuro impregnado de estrellas, una brisa agradable, el
olor a las flores de la noche, calor y calma. Aunque por dentro se
sentía intranquilo.
—Nada
se ha arreglado nunca con lágrimas —dijo la oruga mientras un hilo
blanco le rodeaba medio cuerpo.
—¿Por
qué estás boca abajo, Absolem? —susurró.
—Estoy
dejando esta vida para pasar a otra...
—Absolem.
Todo es tan extraño, todo lo que me rodea. Todo es tan real pero a
la vez tan imposible. Odio este sueño.
—No
es un sueño, niño estúpido.
—No
soy un niño estúpido —se secó las lágrimas—. Me llamo
BaekHyun. Mis amigos son Do KyungSoo, Kim JunMyeon, Oh SeHun y Kim
JongIn. No son reyes, ni sombrereros, ni gente malvada. Los quiero y
son mis mejores amigos. No soy estúpido ni tampoco estoy loco. Soy
yo. Así es cómo soy. Byun BaekHyun. Nadie más.
—Ahora
sí que eres Byun BaekHyun —lo miró extrañado mientras el hilo
seguía rodeando el cuerpo del insecto—. Cuando llegaste aquí la
primera vez lo llamaste País de las Maravillas. ¿Lo
recuerdas?
Como
un interruptor, algo se encendió en su interior. Sí, lo recordaba y
con claridad. Cada recuerdo le venía a la cabeza. Cómo había
conocido a Cheshire, la fiesta del feliz no cumpleaños con el
sombrerero y la liebre, cómo pintó las rosas rojas del jardín de
la reina, cómo salvó la vida de JongIn ante el ataque y cómo éste
se parecía al sombrerero más mayor. Lo recordaba todo como si ya
hubiera soñado con ello, como si...
Se
miró las palmas de las manos y reconoció la cicatriz que lo había
acompañado durante toda su vida. Siempre había creído que se había
caído, pero recordaba la verdadera procedencia de esa herida. Al
huir de la Reina Roja había caído y se había cortado. JongIn lo
curó... A la mañana siguiente había aparecido en la cama con el
pañuelo. Su madre jamás supo cómo se lo había hecho y le riñó,
acusándolo de salir por las noches al jardín. Ella se había
encargado de hacerle olvidar que había algo más allá, otros
mundos, que había fantasía, misterios, fantasmas... que había
ilusión.
—No
es un sueño... —se levantó del banco, aturdido—. No es un
sueño, es un recuerdo. Esto es real... —el pánico volvió a
invadirlo—. Cheshire, los gemelos, los Reyes Blanco y Rojo, la
Jota... El sombrerero y mi otro yo... En parte todos son reales.
—El
galimatazo también lo es —dijo la oruga mientras la seda le cubría
parte del rostro—. Debes asumir tus responsabilidades y recuerda...
Si lo deseas, puede cumplirse. Nos vemos en otra vida, Byun BaekHyun
—finalmente todo el hilo cubrió a Absolem, convirtiéndolo en un
inerte e inexpresivo capullo.
A
la mañana siguiente las temperaturas descendieron. El cielo gris
caía sobre Marmoreal como un manto, acompañado del grito
desgarrador de la batalla. La oscuridad del Rey Rojo se acercaba.
El
rey estaba en el centro, frente a la fuente, junto a todos los
caballeros blancos y los amigos que había hecho BaekHyun durante
aquel extraño viaje. Pero él no estaba allí.
KyungSoo
miró con nerviosismo el castillo y luego dirigió la mirada hacia
todos sus amigos. En primera fila estaban aquellos que lo acompañaron
durante su estancia en el castillo rojo y los nobles en segunda. El
resto, eran todos guerreros blancos con sus yelmos que los
diferenciaba por rangos. Algunos tenían forma de caballo, otros de
torre, otros de alfil y también estaban los peones. Luego estaba él,
el rey y su reina...
Miró
instintivamente a JunMyeon. Sonrió como un idiota enamorado. Luego,
recordó quién era y dónde estaba y dejó de sonreír. Si BaekHyun
no aparecía, no tendría tiempo de amar a JunMyeon ni de disfrutar
de una vida llena de paz y felicidad.
—Necesitamos
un paladín—la voz le sonó clara y potente, al contrario de cómo
se sentía por dentro—. ¿Quién se quiere ofrecer?
El
primero en dar un paso fue el sombrerero, quien se arrodilló ante el
rey, poniendo la mano en el pecho. Lo siguió el otro BaekHyun, los
gemelos y luego un par de guerreros de las últimas filas.
—Os
recuerdo que ser el paladín asegura la muerte —se retiraron los
gemelos y los guerreros. Sólo quedó la pareja.
—Nadie
va a morir por mí —todos alzaron el rostro, sorprendidos al
escuchar la voz. KyungSoo se giró y vio cómo BaekHyun de la Tierra
bajaba con la armadura que habían vestido los anteriores paladines.
No pudo evitar soltar un pequeño gemido de alegría.
El
guerrero bajó lentamente y miró a todos sus compañeros. Todos le
sonreían, no de felicidad, sino de orgullo. Como si aquello fuera un
honor. KyungSoo también sonrió.
BaekHyun,
realmente, estaba temblando bajo aquella capa segura. Quería llorar,
huir de allí o caer por otro agujero y aparecer de nuevo en la
Tierra. O, simplemente, que todo aquello fuera un sueño. No iba a
suceder y lo sabía. Hasta que no matara al galimatazo y el
Inframundo estuviera seguro.
En
parte era su interior el que marcaba aquellas reglas. ¿Cómo dejar
que el bondadoso KyungSoo, el fiel JunMyeon, el loco JongIn y su
valiente yo vivieran en un mundo tan cruel bajo la tiranía del Rey
Rojo?
—Es
hora de ir hacia la batalla —el Rey Blanco montó encima de un
caballo de color perla y, guiado por JunMyeon, marcó el paso. A su
lado, BaekHyun lo seguía y, justo detrás de ellos, iban cerrando la
marcha todos los guerreros de Marmoreal y sus fieles amigos.
Durante
todo el camino fueron acompañados por un silencio fantasmal. Todos
miraban nerviosos al paladín llegado de tierras lejanas, temiendo
que en cualquier momento fuera a desaparecer. BaekHyun ya estaba lo
suficiente nervioso como para soportar todas aquellas miradas.
El
traje lo agobiaba y había empezado a sudar a pesar del frío que los
rodeaba. KyungSoo, bajo su capa de piel, cogía la mano de JunMyeon,
tiritando y con la mirada fija hacia el frente.
Suspiró
con algo de envidia y tristeza cuando descubrió las manos
entrelazadas. A un lado tenía a su otro yo junto a JongIn. Los dos
lo miraron con orgullo y asintieron. Tuvo que parpadear para no
ponerse a llorar.
Caminaron
con una marcha pausada durante horas hasta llegar al descampado
lúgubre. A su alrededor todos los árboles se habían secado y
caído, la grava era polvo y se levantaba a su alrededor, asfixiando
a los viajeros. No había ni un brote verde que pudiera darle color a
aquel lugar. En el centro, y de varios metros cuadrados, había un
tablero gigante todo roto y sucio. BaekHyun adivinó que aquello iba
a ser el campo de batalla.
Fue
el primero en poner el pie encima. La piedra ni crujió ni se rompió.
Tragó saliva. No se había roto por el paso de los años, sino por
la brutalidad de las batallas. ¿Él rompería una baldosa y de paso
su cráneo? Tuvo ganas de salir corriendo.
No
obstante, siguió caminando hasta llegar al centro. Al otro lado del
tablero aparecieron las primeras sombras. BaekHyun tensó todos los
músculos esperando ver a cualquier criatura gigantesca y horrenda
con grandes fauces. No había ningún monstruo.
En
su lugar había dos cartas que llevaban en un carro a SeHun. A su
lado estaban los nobles y detrás estaba el resto del ejército.
Todas las cartas que impregnaron la estancia con su hedor metálico.
KyungSoo
bajó del caballo y avanzó hasta el centro. El Rey Rojo hizo lo
mismo, fulminándolo con la mirada, fría y despiadada. El pelo y los
ojos de SeHun estaban de color rojo. Lucía ropa negra y granate con
una larga capa roja que hondeaba sola, sin aire que quisiera moverla.
Parecía que su propio poder y furia pudieran mover las tierras.
—KyungSoo
—susurró SeHun.
—SeHun
—por primera vez, BaekHyun vio cómo el Rey Blanco miraba a los
ojos a su hermano. Se sorprendió al ver que el iris del chico tenía
un color dorado. Parecía un ángel.
—Madre
ya sabía que eras un gusano, la manzana que pudría el cesto. Que
eras la oveja... blanca de la familia. Debí matarte, pero estaba tan
obsesionado con el prisionero que no me paré a pensar en ti —escupió
las palabras como si fuera veneno.
—Un
descuido que te va a costar caro, hermano. Debiste vigilar más
—susurró el Rey Blanco.
Ya
no parecía el asustado hermano del rey que pintaba rosas de color
rojo. Ahora parecía un monarca, orgulloso de sus tierras, de su
gente y decidido a defender su país.
BaekHyun
envidió el valor de KyungSoo. Quería sentirse así de confiado
consigo mismo pero, ¿cómo podía estarlo si ni siquiera sabía
quién era su rival?
El
Rey Rojo se fue hacia sus tropas sin apartar la vista de su hermano.
KyungSoo hizo lo mismo hasta llegar a su caballo. Éste le acarició
con el hocico para calmarlo.
—¿Dónde
está tu paladín, hermanito? —gritó SeHun desde su posición.
BaekHyun
miró a sus compañeros. A su yo y a JongIn que se habían cogido de
las manos y estaban un paso más atrás, a todos los animales, al rey
y a la jota. Finalmente, acabó de posar la mirada otra vez en la
pareja. El otro BaekHyun le susurró palabras de apoyo mientras que
JongIn lo tenía bien sujeto, temiendo que cometiera una locura y
saliera él a luchar contra el galimatazo.
BaekHyun
no pudo evitar sentirse feliz al ver la imagen. Un Kim JongIn
posesivo, que decía pocas palabras y un BaekHyun lleno de energía.
La clara imagen de ellos en la vida real. ¿Se vería así al lado de
JongIn? Aunque sabía que en la Tierra las cosas iban a acabar.
Y
ese amor fue lo que encendió la llama del valor. Quizá no viviría,
quizá moriría en el intento pero, ya que él no podía ser feliz,
que al menos lo fuera su otro yo viviendo en la Infratierra.
Miró
con odio a SeHun y se puso en medio de todo el mundo, expuesto a
todas las miradas de los adversarios.
Una
carcajada fría invadió el espacio. El Rey Rojo cogió una pequeña
flauta dorada y roja y empezó a tocar una melodía lenta, tétrica,
que puso a todo el mundo los pelos de punta.
A
lo lejos se escuchó un crujido. Una de las montañas secas de tierra
que había en el fondo empezó a temblar. O eso pensó BaekHyun hasta
que ésta se deshizo en miles de pedazos de tierra y cemento,
saliendo disparados, dejando ver a la horrible criatura que habitaba
en su interior.
Era
enorme y de color negro, un negro que asfixiaba como el alquitrán.
Tenía el cuello largo, parecido a un dragón, pero no era ni la
mitad de majestuoso ni bello que aquellas criaturas. Tenía los ojos
de color blanco, dientes amarillentos y afilados. Brazos en un cuerpo
redondo y escamoso y alas de murciélago con un par de manos en las
puntas. Las patas traseras eran grandes y con pezuñas amarillentas
y, finalmente, la cola larga como la de un gran lagarto.
—Era
cenora y los flexos tovos
En
los relonces giroscopiaban, perfibraban.
Mísvolos
vagaban los borogovos
Y
los verdirranos extrarrantes gruchisflaban.
Ocúltate,
hijo mío, del galimatazo brutal,
De
sus dientes de presa y de su zarpa altiva.
Caminó
hacia el tablero haciendo temblar la tierra. BaekHyun sabía que esa
criatura podía volar pero quería aterrar a los contrincantes,
moviéndose como una gran serpiente con patas.
—¡Que
empiece la batalla! —gritó SeHun.
BaekHyun
desenfundó la espada y respiró.
«Mi
padre me decía que pensara en seis cosas imposibles antes de ir a
dormir», pensó, mientras avanzaba con la espada en alto.
—Uno.
JunMyeon y KyungSoo son novios —avanzó un par de pasos—. Dos.
JongIn me ama —alzó la espada. Las gotas de sudor le caían por la
nuca—. Tres. SeHun es malvado —seguía avanzando mientras el
galimatazo abría la boca soltando un hedor putrefacto—. Cuatro.
Los animales hablan y visten con ropas —parpadeó como si aquel
gesto pudiera expulsar todo el miedo. El corazón le golpeaba con
fuerza, queriendo salir de allí—. Cinco. La Infratierra es real
—se paró a escasos centímetros de la bestia. Los ojos blancos del
monstruo lo enfocaron y gruñó—. Seis —dijo en voz alta y
clara—. ¡Voy a matar a galimatazo!
Empuñó
la espada sobre el corazón de la bestia pero ésta esquivó el
golpe. Rápidamente, giró sobre sus talones e hizo un pequeño corte
en una de las patas del galimatazo. La criatura rugió mientras el
ruido de la carne al cortarse revolvió las tripas del guerrero.
Rápidamente,
se tiró al suelo y se echó a un lado cuando una gran llamarada fue
directa hacia él. Esperó a que el olor a quemado cesara, se levantó
de nuevo con la espada y salió corriendo hacia el cuello. Volvió a
agitar la espada pero un golpe en la espalda lo dejó sin
respiración. La cola del galimatazo lo había golpeado de pleno.
En
el suelo, tendido, empezó a intentar respirar. La armadura se había
abollado y notaba cómo la sangre caliente le recorría la espalda
lentamente. Poco a poco empezó a recuperar la respiración.
La
bestia rugió con fuerza y fue de nuevo hacia él. Se horrorizó al
ver que no tenía la espada en la mano. Tanteó el terreno pero no la
encontró. Estaba muerto, no iba a durar ni dos segundos. Cerró los
ojos intentando levantarse cuando escuchó de nuevo el rugido.
Nada.
De
repente, un murmullo empezó a extenderse. Alzó el rostro para ver a
la bestia, descubriendo que alguien la había cegado. Giró el rostro
y vio a su otro yo con un arco en las manos aún apuntando hacia el
ojo del galimatazo. Seguidamente, volvió a lanzar otra flecha y
volvió a darle.
Aprovechó
la confusión y la furia de SeHun para recoger la espada, a unos
metros de él, y ponerse en guardia de nuevo.
—¡INJUSTICIA!
—gritó el Rey Rojo.
Todas
las cartas corrieron por el tablero. Los guerreros blancos imitaron a
sus rivales empezando una batalla campal. La batalla de rojos contra
blancos. Los reyes, en cambio, se quedaron al margen de la matanza.
Quiso
ayudar a sus amigos pero él sólo tenía un rival que ya estaba
oliendo el aire, oliéndolo a él. Corrió hacia una pendiente
mientras la bestia lo seguía volando. Intentó llegar a un recodo
pero la cola del galimatazo cortó el aire de nuevo, dándole en la
pierna. Cayó de bruces al suelo. La boca se le llenó del sabor
metálico de la sangre.
Tosió
por la falta de aire y volvió a alzarse con la espada en mano,
corriendo hasta la zona más alta de aquella pendiente. El galimatazo
iba zarandeando su cola de vez en cuando en busca de algún gemido de
dolor de su enemigo, pero BaekHyun había aprendido a agacharse
cuando escuchaba silbar el viento.
Llegó
al extremo y se quedó de pie frente a su enemigo. Éste abrió sus
fauces y llenó todo de ardiente fuego. Se agachó notando cómo la
armadura empezaba a arder. Escocía y ya se notaba algunas ampollas
emerger en la piel, pero no podía quedarse allí, lloriqueando por
sus heridas.
Se
levantó con la espada en alto y corrió hacia el galimatazo. Éste
lo olió y giró su cuello para arremeter contra el enemigo. BaekHyun
hizo un movimiento horizontal en el aire, coincidiendo con el cuello
de la bestia.
Fue
rápido y a la vez asqueroso. Un fuerte crujido le indicó que la
espada había penetrado en las fuertes escamas, notó cómo la hoja
vibraba al encontrar el hueso y luego todo fue fácil. La cabeza de
la criatura cayó encima del tablero con un fuerte golpe, creando un
nuevo boquete en éste. El cuerpo sin cabeza se tambaleó y cayó al
otro lado de la pendiente. De la fuerza, BaekHyun acabó en el suelo
sentado, con la espada aún en la mano y humeando ante el contacto
venenoso de la sangre del galimatazo.
Todo
se quedó en silencio. Había miles de cadáveres en la zona pero
ninguno era de sus amigos. SeHun parecía crispado por la rabia al
ver a su pequeña criatura muerta. El resto de cartas se echaron
hacia atrás. Sus amigos empezaron a silbar y gritar de alegría
mientras él sentía que las piernas no le respondían. Empezó a
llorar.
Se
secó la cara llena de tierra, sangre y lágrimas y bajó hacia el
tablero. De vez en cuando se tambaleaba por el cansancio, pero se
sentía bien y aún podía mantenerse en pie gracias a la euforia.
El
Rey Blanco avanzó firme con JunMyeon a un lado. El guardián estaba
lleno de sangre al igual que su espada. Era un guerrero fuerte y
leal, nada parecido a él, lleno de sangre y barro.
—SeHun
—dijo KyungSoo duramente. El Rey Rojo lo miró con odio mientras
dos guerreros blancos lo cogían del brazo. Una nube de vapor se posó
encima de la cabeza de SeHun, alzando la corona dorada. Cheshire
reapareció en la cabeza de KyungSoo, colocándole la corona. El
metal dorado se volvió de color plateado con gemas perladas. Aquello
pareció darle más poder al Rey Blanco—. Serás llevado a los
bosques del olvido totalmente solo. Tienes suerte de que mi
naturaleza impida que mate a nadie.
Los
ojos de SeHun se llenaron de ira y se inyectaron de sangre. Empezó a
gritar, furioso, mientras más de cinco guardias lo llevaban lejos
del tablero. En cuanto los gritos del antiguo Rey Rojo cesaron,
Kyungsoo se giró hacia BaekHyun.
—Es
hora de volver a casa —dijo mientras sacaba del bolsillo del
pantalón un pequeño frasco de cristal—. Gracias —fue hacia él
y lo abrazó de forma tierna—. Muchas gracias, BaekHyun.
JunMyeon
se colocó la mano en el pecho y se arrodilló. Sus amigos, y todos
los guerreros, hicieron lo mismo. Ante la imagen, notó cómo una
lágrima traviesa cayó por la sucia mejilla.
—BaekHyun
—se escuchó llamarse a si mismo. Se giró y vio al otro BaekHyun
también sucio pero sonriente. Se abrazaron durante un largo instante
y luego le besó la frente—. Gracias.
—Es
raro que yo mismo me de las gracias —susurró. Ambos sonrieron.
Seguido,
Niveans, Cheshire, Tweedledum y Tweedledee, Mallymkun y la liebre de
marzo lo rodearon en un fuerte abrazo. Acarició las cabezas de todos
sus amigos, sintiendo que se iba a derrumbar en cualquier momento. No
quería dejarlos. No otra vez.
Finalmente,
sólo quedó JongIn. Éste avanzó entre la gente hasta quedarse a
escasos centímetros de su rostro.
—¿En
qué se parece un cuervo a un escritorio? —le preguntó.
—No
lo sé —respondió entre sollozos.
—Yo
tampoco —sonrió y lo estrechó entre sus brazos.
Quiso
quedarse durante mucho tiempo entre ellos, pero sabía que si no se
iba ahora, ya nunca podría volver a ver a sus verdaderos amigos. Se
separó y miró con tristeza al sombrerero. Éste le acarició el
cabello lleno de mugre y sonrió.
—Te
diré un secreto —susurró—. Los sentimientos de mi otro yo no
son tan diferentes a los míos —le guiñó un ojo y luego se
separó.
KyungSoo
volvió a acercarse y le tendió el pequeño frasco. Esta vez
contenía un líquido de color azul eléctrico. Era la sangre del
galimatazo. Entendió lo que tenía que hacer y lo que iba a pasar.
La sangre de la criatura era venenosa y eso lo mataría, pero le
enviaría de nuevo al mundo real. ¿O era la Infratierra el real?
Sin
pensarlo más, bebió de un trago todo el contenido y esperó. No
pasó nada. Ni dolor, ni tristeza, ni sentía que se iba a desmayar.
Todo lo contrario. Parecía que estaba mucho mejor. Pero entonces se
dio cuenta de que cada vez era más transparente.
Se
giró justo para ver cómo JongIn corría hacia él, le capturaba el
rostro entre las manos y lo besaba apasionadamente. La sensación
duró poco. Sólo pudo notar los labios húmedos del moreno antes de
desaparecer.
Todo
se volvió de color negro y el estómago se le revolvió como cuando
caía al vacío.
Abrió
los ojos, encontrándose tendido al lado del árbol. Ya no estaba la
madriguera del conejo, pero él sí que estaba lleno de tierra. Se
levantó y se sacudió un poco la suciedad. Luego, corrió por el
pequeño laberinto hasta llegar hacia el palco.
Parecía
que todo seguía igual y que sólo habían pasado un par de minutos.
JinRi seguía allí con el rostro crispado al igual que su madre. De
repente, alguien lo cogió del brazo y lo llevó hacia la tarima de
nuevo. Era su madre, que parecía entre disgustada y avergonzada por
el comportamiento de su hijo.
Se
quedó enfrente de la chica y la miró. No era bella. De rostro sí,
pero no brillaba con la luz especial que caracterizaba a sus amigos.
KyungSoo con los ojos llorosos, JunMyeon y SeHun con el semblante
lleno de orgullo y JongIn, el real, serio. Les sonrió y miró a su
futura esposa.
—JinRi,
¿quieres ser mi esposa? —se arrodilló mientras le besaba la mano.
La chica pareció complacida y afirmó, emocionada.
Las
palabras de BaekHyun borraron todo el enfado de los asistentes. De
repente, se encontraba en medio de una marea de hombres
felicitándolo, mujeres abrazándolo y diciendo lo mucho que había
crecido.
Cuando
pudo separarse de ellos, fue hacia la entrada del laberinto donde
cuatro chicos lo esperaban. Sonrió a sus mejores amigos algo
despeinado y aún sucio de tierra.
—¿Dónde
has estado? Pensábamos que habías huido. SeHun ya estaba pensando
en sustituirte —dijo KyungSoo, burlándose. SeHun lo fulminó con
la mirada.
—Pues
tú casi te pones a llorar —aclaró éste. KyungSoo le golpeó en
el brazo, rojo de vergüenza.
—La
verdad es que JinRi se disgustó mucho y empezó a gritarle a su
madre que la habías abandonado —explicó JunMyeon con una sonrisa
en los labios, observando cómo los otros dos habían empezado una
batalla de empujones—. Aunque a los cinco minutos has vuelto.
Cinco
minutos. Se quedó pensando en todo el tiempo que había pasado en la
Infratierra. ¿Tanto tiempo para unos minutos en su mundo? Echaba de
menos a sus amigos del submundo, todos menos a SeHun, que prefería
mil veces al de la Tierra.
—Estuve
pensando —mintió mientras sujetaba las manos de SeHun, quien había
dejado de pelarse con KyungSoo—. Y me quedé dormido. Sólo unos
instantes aunque yo creí que fueron días y días —sus amigos
parecían interesados y extrañados—. Soñé con vosotros —al
instante, despertó el interés de sus amigos—. KyungSoo y JunMyeon
eran novios —los dos se miraron con sorpresa y luego se sonrojaron.
Al instante, se separaron con miedo de tocarse. BaekHyun rió entre
dientes—. Soñé que SeHun era un rey malvado —el menor infló el
pecho cuando escuchó la palabra rey, pero se deshinchó al instante
cuando dijo lo siguiente—. JongIn era un loco —el moreno hizo
mala cara. Al parecer, tampoco le gustaba mucho su personaje—. Pero
era un sueño, ¿verdad?
«Quizá
sí fue sólo un sueño», pensó.
Sus
pensamientos se vieron interrumpidos por el golpe que le dio en la
cabeza SeHun. Luego se fue. KyungSoo y JunMyeon lo siguieron
intentando mantener las distancias entre ellos dos. El único que se
quedó fue JongIn.
—Tengo
miedo —dijo de repente, sorprendiéndose a si mismo—. Tengo miedo
de casarme —JongIn afirmó lentamente. Luego se puso a su lado
mirando hacia la multitud. BaekHyun lo imitó—. No sé si ejerceré
bien de hombre y sé que JinRi es difícil de tratar.
—Dímelo
a mí. Parecía que nos iba a devorar a todos cuando te fuiste
—BaekHyun rió ante el comentario. Una risa que se desvaneció en
el aire.
—No
quiero perderme a mí mismo, JongIn —susurró—. Quiero seguir
siendo yo, no quiero perder lo único que heredé de mi padre. Mi
imaginación.
Se
quedaron en silencio con el peso de la muerte de su preciado padre
sobre los hombros. Cerró los ojos y deseó tener a alguien que le
aconsejara, que lo guiara por el buen camino o, simplemente, le
hiciera sonreír. Alguien como el sombrerero.
JongIn
pareció darse cuenta de la tristeza del mayor. Le sujetó la mano
con fuerza dándole todo el apoyo que pudo. Aquello sólo consiguió
entristecer más al menor. Echaba de menos al JongIn de la
Infratierra —o al de sus sueños—.
—BaekHyun
—salió de su ensoñación y volvió a mirar hacia la muchedumbre.
JinRi se secaba las lágrimas con un pañuelo blanco, rodeado de las
mujeres mayores—. ¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?
Se
giró sorprendido hacia el moreno. Éste lo miró con un brillo
diferente en los ojos. El corazón empezó a acelerarse.
—No
lo sé —respondió sorprendido.
—Yo
tampoco —apartó la mano del menor. Fue a avanzar pero se paró un
instante—. Sólo quería verte sonreír.
Se
quedó quieto, aún sentía los latidos en el pecho con fuerza. No
estaba del todo perdido. Lo que le había susurrado el sombrerero era
cierto y todo empezaba a teñirse de otro color. Quizá, si no perdía
su muchedad, podría ser feliz junto a JinRi y junto a JongIn.